A determinadas alturas de la vida, uno decide qué peleas prefiere dejar de lado. Y eso está bien. Enfocarse en lo que produce bienestar y dejar de desgastarse en batallas estériles es síntoma de madurez. Sin embargo, en lo que respecta a nuestro cuerpo y a nuestra expresión, existen ciertas barreras invisibles que merece la pena intentar traspasar, aunque supongan una pequeña odisea personal. La música y la danza contemporánea albergan un mundo interno capaz de traschendernos, pero solo si nos atrevemos a dar un paso al frente.
Imagina por un momento que tienes un tesoro de una belleza extraordinaria expuesto al otro lado de una vitrina. Al mirarlo, te produce emociones profundas, te traspasa y te conmueve. Es significativo. Pero entre ese tesoro y tú sigue existiendo un muro de cristal. Lo contemplas, pero no lo puedes tocar ni sentir del todo. Esto es exactamente lo que ocurre con el movimiento: la mayor parte de la gente vive toda su vida al otro lado del cristal.
No suele ser popular decir esto, pero muchas veces se ejecuta la acción del baile únicamente como una herramienta de aceptación o bienestar social. Se repiten los pasos porque es lo pautado en un ambiente concreto, y eso genera una sensación agradable, por supuesto. Se siente la música, sí, pero solo una pequeña fracción de lo que realmente es. Bailar con verdad significa conectar con la frecuencia musical hasta que esa vibración te posea por dentro y sea la que te mueva. Ahí es donde reside el trabajo que verdaderamente transforma.
La misa de los dioses: Inspirar en lugar de demostrar

Cuando en nuestra escuela de baile en Huesca hablamos de transformación, no nos referimos a lo que se ve desde fuera. No se trata de bailar para mostrar una pose perfecta a los demás. Lo verdaderamente potente es convocar lo inmaterial a través del cuerpo, logrando una comunión sincera entre tu espíritu y la música. Es una comunicación sin filtros contigo mismo. Cuando ese canal está trabado o capado por el miedo al juicio ajeno, algo en nuestro interior permanece obstaculizado.
Cuando consigues romper ese cristal y dejas de bailar para demostrar, todo cambia. Ya no se baila para exhibir una técnica intelectual, sino para compartir un estado mental. Tu presencia abarca mucho más que tu fisionomía: te unes a la vibración musical y contagias a quienes te rodean. En ese punto, la gente ya no te mira en el escenario para evaluar qué bien ejecutas el paso; te miran porque tu honestidad inspira.
Para nosotros, estar en un escenario junto al grupo es una comunión compartida. No se trata de predicar desde un púlpito, sino de transformar el entorno desde el ejemplo y la presencia absoluta. No hay nada más potente, ni tampoco nada más sacrificado.

Elegir nuestras propias tormentas
La única manera de asumir ese sacrificio y sentirnos dignos de él es atravesar las tormentas y los demonios que representan nuestras propias barreras autoimpuestas. Todos cargamos ya con bastantes luchas cotidianas —la economía, las obligaciones, las circunstancias vitales— como para añadir más conflicto a la rutina. Podríamos pensar que no es necesario complicarse más. O tal vez sí lo sea. Solo nosotros podemos decidir qué batallas elegimos librar en base a nuestro destino.
Como decía Galeno, el veneno lo hace la dosis. Por eso, a veces el reto no consiste en exponerte por completo ante el público si todavía no te sientes preparado, sino en no desanimarte y participar de la experiencia interna del proceso. Aprenderse la propuesta, habitar los ensayos y formar parte de la energía del grupo es igual de valioso. Ver con tus propios ojos cómo los compañeros van transformando su cuerpo y su movimiento te otorga una perspectiva diferente.
No se trata de forzar a nadie a subirse a un escenario en el último minuto mediante trucos de confianza vacíos. El verdadero valor consiste en asomarse al otro lado de la vitrina, comprender qué ocurre allí dentro y ser testigo de lo que la gente siente al bailar con autenticidad. Al final, es muy probable que algo haga clic en tu cabeza y descubras que, la próxima vez, tú también querrás romper tu propio cristal.

Quieres moverte de verdad?
Quieres que tu o tus peques aprendan con honestidad a superar sus barreras y educarse con diversion juego y valores en la danza… hablemos!